LAS HORAS ZURCIDAS

Miras por la ventana, tienes frente a ti -junto a tus manos- una taza de café y un libro cerrado. No esperas a nadie. Nunca has distinguido a la felicidad paseando por esta avenida. No esperas a nadie, pero procuras ser feliz abandonándote al aturdimiento que depara el desengaño, intentas estar a gusto mecido por la inercia narcótica de la falta de empuje hija de la ausencia de atractivos. El café está ya frío y no es demasiado bueno. El libro va desgranando la historia de un hombre que avanza dando tumbos en pos de la estela de un muerto, un hombre que trata de encontrar a su padre entre las muchedumbres y los rezos de las horas de El Cairo.

El tipo se ha quedado perdido en el mundo y lo único que le queda por vender son su sangre, sus genes.

Anda medio desesperado, pero hay cosas en la vida que están de su parte, dos mujeres le han brindado su amor. No es tu caso, en tu vida no hay mujeres que te quieran ni mujeres a quienes querer, tampoco. Hay, sí, alardes de pudor, palabras hueras y humo de cigarrillos. Las novelas costumbristas encajan mejor en el pasado, cuando conoces en persona las costumbres, y a sus protagonistas, dan un poco de grima, la verdad.

Sales afuera. Caminas de cara a un airecillo que proyecta las hojas secas del Paseo del Prado por encima de los cráneos de los hombres. En Cibeles el tráfico es más intenso y tus pasos más cortos. Dudas si seguir avanzando hasta Colón o torcer hacia Sol y coger allí la línea uno del metro. Terminas apareciendo por Callao para entrar una vez más en esa tienda de discos -pequeñita- que tanto te consuela desde hace tanto tiempo. Un salvoconducto. La prueba irrefutable de que todavía mantienes vivas algunas ilusiones.

Ya dentro del metro, a bordo de uno de sus vagones, el mundo te parece un lugar un poco mejor y piensas que si tuvieras algunos años menos de los que tienes tal vez serías capaz de enamorarte de la chica con trenzas que lleva una carpeta forrada con fotos de caras de gatos. Te apeas al llegar a tu destino.

Justo allí, en lo alto de las escaleras de la estación, piensas de nuevo que deberías largarte a otro sitio cuanto antes. Decides, luego, que aún cabrían nuevas posibilidades de que las cosas fueran a peor. Lo haces reconfortado ante la perspectiva de encontrarte, al cabo de tres minutos, escuchando un par de discos nuevos, y bien consciente de que esa misma noche vagarás a tus anchas por los bazares de El Cairo, instantes antes de dormirte. Siempre, en cualquier vida, es factible encontrar un acomodo de compromiso para el engaño. Eso ya lo sabes.

Al registrar tus bolsillos para hacerte con la llave de casa, compruebas que el libro te lo has dejado olvidado sobre la mesa de mármol del café. Testigo mudo del aburrimiento de la gente. Imaginas que él también estará lamentando tu ausencia. Y sonríes.